El cementerio
El cementerio, en la época estudiada, era un espacio público que cobraba significación social y familiar en las fechas de aniversarios de la desaparición de ascendientes familiares y en las conmemoraciones del 1 y 2 de noviembre de cada año, donde la visita a las tumbas familiares era superadora de las diferencias sociales para unir a los sanjuaninos en la plegaria.
La necrópolis estaba compuesta de dos sectores, el monumental y el “antiguo”. En este ultimo las tumbas decimonónicas y las más humildes manifestaciones de arte funerario alternaban con galerías de nichos en las paredes laterales construidas a partir de 1917 por el municipio. El sector adornado de añosos pinos y cipreses no dejaba de tener una estética dignidad ocupando el sur este del camposanto.
Al cumplir su centenario en 1937, el Cementerio de Capital era para sus habitantes un espacio del que se enorgullecían.
“Nuestro cementerio es un digno exponente de nuestro progreso, de nuestra cultura y de nuestro afecto por las generaciones ya desaparecidas y que allí descansan eternamente. Es de hacer notar que durante su siglo de existencia mucho se ha hecho en el sentido de hermosearlo y es actualmente uno de los mejores y más bellos que existen en la República”
Era tradicional en los dos primeros días de noviembre la celebración de Todos los Santos y el Día de los Muertos, llamada popularmente “la fiesta del cementerio” o “fiesta de las ánimas”. A este lugar se concurría, desde todos los ámbitos de la provincia para ofrecer a los antepasados la plegaria, la ofrenda de flores y cirios.
Era tradición que la familia, especialmente la que se trasladaba desde los departamentos aledaños y un poco más lejanos, hiciera de este día una jornada de largo paseo, asentándose a la sombra de los árboles de la Calle de la Paz o de las cercanías del Parque de Mayo. Una vez concluidos los ritos funerarios, se desplegaban los manteles salía a relucir la comida preparada para tal evento, con el consiguiente acompañamiento de buen vino sanjuanino.
La tarde se completaba con el “mate en rueda”, que entorpecían la fluidez del tránsito de vehículos y peatones, ocasionando un confuso clima de fiesta y agravios personales que podía terminar con riñas y detenidos.
Todos los gobiernos bloquistas toleraron esta costumbre popular haciendo caso omiso a las fuertes críticas de la oposición.
La tradición comenzó a extinguirse en 1934, durante el gobierno de don Juan Maurín, cuando el intendente Baistrocchi prohibió la venta de vino, cerveza y licores en los puestos que se ubicasen en las adyacencias del camposanto, la prensa partidaria comentaría entonces:
“La medida no pudo ser más acertada pues resulta de verdadera profanación convertir un lugar propicio a la congoja y la veneración a los muertos, en campos de jarana y borrachera. Todos los años veníase produciendo el cuadro indígena de la farra en el cementerio. La chinada ebria hacía de las suyas, penetraba en el cementerio, destruía cosas que encontraba a su paso y daba espectáculos que sublevaban la conciencia”
Hacia mediados de la década del treinta, a semejanza de otras ciudades del interior del país con población creciente, comenzó a notarse que el viejo cementerio ya había quedado encerrado por el espacio urbanizado y con pocas posibilidades para ampliaciones mayores. Entonces empezó sentirse la inquietud del hacinamiento y la pugna por los escasos sitios sin construcción, indudablemente que dadas las condiciones de desigualdad económica los más carenciados saldrían perdiendo a corto plazo, el conservadorismo encaró el problema de tres maneras:
1. Dejar el Cementerio Municipal, solamente para mausoleos y nichos (idea vigente en toda la época y aún hoy), habilitando otro en Las Chimbas o Marquesado, preferentemente en terrenos calizos y pedregosos, que servirían de desinfectantes naturales, “hasta por razones de salud conviene llevarlos a mayor distancia, ya que los microbios de tantas enfermedades encuentran en los cementerios sitios fáciles de propagación”1. Este cementerio sería para toda la provincia, pero en realidad el discurso estaba orientado, debía leerse: “para quienes no pudieran mantener mausoleos u nichos en capital y zonas aledañas”.
2. Implantar un servicio de crematorio que innovaba, especialmente para los más indigentes, los cánones tradicionales del respeto y la intangibilidad del cadáver en nombre del progreso. Así leemos en el fundamento del proyecto:
“ La propuesta en el fondo, es buena porque al ponerla en práctica se descongestionaría nuestra necrópolis y se evitaría esa costumbre, que es una verdadera profanación, de hacinar los despojos humanos, cuando los deudos han desaparecido y de arrojarlos a la fosa común. Cada deudo tendría la ceniza de los seres queridos al alcance del cuidado familiar, y no habría el peligro que de un día a otro los restos desaparezcan, porque se careció del dinero para renovar el alquiler de un nicho.
Si lo tienen ya muchas ciudades del país no vemos la razón que medie para que nos quedemos rezagados y nos coloquemos al margen del progreso”2
La audaz idea, lanzada por un “grupo de vecinos” no identificados, se cubría ante la reacción de los objetores de conciencia, aclarando que: “la cremación no era obligatoria”, sino voluntaria por indicación del difunto, consentimiento de los familiares, o autorización judicial. De manera hiperbólica estaba planteando, descarnadamente, una práctica social cotidiana: el problema de los más pobres, que hasta después de muertos eran una carga económica para la familia, terminando en el osario común por falta de pago del canon.
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Ver Historia de San Juan - Los cementerios
Ver 1944 - Derrumbes en el cementerio