El Mirador - Escribe Juan Carlos Bataller
Un mundo cambiante
El mundo vive grandes
cambios tecnológicos. Pero, aunque a menor escala, los cambios siempre
estuvieron presentes.
Voy a ser referencial. Mis
abuelos llegaron a la Argentina cuando terminaba la primera década del siglo
XX. Es decir, hace más o menos 110 años, cuando el mundo estaba cambiando a una
velocidad asombrosa.
En esos años,
precisamente, llegaron los primeros automóviles a San Juan.
Y se instalaron los
primeros teléfonos. Y la luz eléctrica iluminó las calles y viviendas y dio
paso al asombroso mundo de las máquinas.
Sí, fueron años de
tremendos cambios.
Imaginemos por un
momento lo que significó simplemente la llegada del automóvil.
Hicieron falta calles y
caminos, “bombas” de nafta, talleres, garajes, mecánicos, gente que además de
poder pagar un auto, aprendiera a conducirlo, nuevas leyes de tránsito.
Todo el sistema de
transporte cambió.
Mi abuelo materno, que
se llamaba Alfredo y era italiano, fue uno de los hijos de esa
revolución: se hizo mecánico de automotores. Y vivió de mecánico,
en su taller de Trinidad, hasta el final de sus días.
En palabras sencillas: a
partir de los nuevos desarrollos tecnológicos, de los descubrimientos, se
fueron acumulando los grandes cambios que a lo largo de los años fueron
transformando las sociedades.
A las actuales
generaciones les toca ser protagonistas de otra “gran revolución”.
Una época de cambios tan
drásticos y profundos como aquella que cambió la carreta por los camiones y el
trabajo basado en la fuerza humana o animal por la máquina.
La convergencia de
telefonía móvil, redes informáticas (internet/fibra óptica), energías
renovables, inteligencia artificial y satélites funciona como infraestructura
fundamental para la sociedad digital moderna. Estas tecnologías acortan
distancias físicas, impulsan el teletrabajo, permiten la comunicación global
instantánea y el acceso a información en tiempo real, transformando el modo de
vida y trabajo hacia una "sociedad de la información".
Esos son hoy los
soportes que nos llevan a “otro” mundo.
Pero seamos claros: esos
son los soportes, como hace un siglo lo fueron la máquina y la
electricidad.
El puente entre
este hoy y ese mañana que queremos tiene un nombre y se llama educación.
Y en este punto tenemos
que ser brutalmente sinceros.
Sin educación va a ser
imposible ser parte de ese mundo.
Las inversiones en
educación son de rendimiento lento. No les lucen a los gobiernos.
Movilizan resistencias en algunos actores de la educación y obligan a postergar
otras demandas.
Pero hay que hacerlo, ahora, cuando todavía
está fresco el milagro de la inteligencia artificial, de la comunicación por
internet.
Quien esto escribe fue
un producto de la escuela pública y la cultura del trabajo. Se crió con la
radio, vio nacer la televisión, se apasionó con fenómenos maravillosos como que
decenas de canales llegaran a nuestra casa las 24 horas del día, que los
satélites nos mantuvieran conectados con el mundo.
Vio nacer la telefonía
celular, se asombró con las posibilidades de las computadoras, quedó fascinado
con Internet.
En todos esos cambios
estuvieron los hombres y mujeres de mi generación.
Y ante cada cambio,
quedábamos con la boca abierta.
Asombrados, como debió
asombrarse aquel remoto tatarabuelo el día que descubrió el fuego.
Pero siempre tuvimos
presentes que atrás de cada uno de esos adelantos estuvo presente el recurso
humano.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2180 del 21 de febrero de 2026