Cristóbal Macías
Cristóbal Macías
Ninguno de los que interrogué supieron decirme de qué parte de España era. Es fácil imaginarlo castellano por su estoicismo y andaluz por su imaginación. La verdad es que se acriolló en nuestra precordillera, subió a sus cimas, bajó a sus hondonadas y aprendió a querer sus formas y sus gentes.
Don Cristóbal Macías era mediano, tirando a alto, de color trigueño, quemado por los vientos, los soles, los fríos; tenía el color del paisano de la montaña y sus mismos hábitos; hasta que hablaba, se lo confundía con uno más de los nuestros.
Era imposible imaginarlo sin el caballo: una yegüita zaina que, al pasito, hacía habitualmente el recorrido desde Uspallata a Iglesia. Ida y vuelta, vuelta e ida ¡vaya contando los kilómetros! y así todo el año. Sin prisa y sin pausa, como la estrella. Don Cristóbal vestía a la usanza de los del lugar. Bombachas o pantalones holgados; camisa de tela basta; pañuelo al cuello; saco y sombrero de fieltro en invierno y pajizo en verano. El recado era de bastos, con varias calchas; dos árganas, grandes, cantimplora y lazo.
Las árganas (grandes) siempre iban cargadas; de ida con latitas de anilina Colibrí y algunas vituallas para el viaje. De vuelta, con lo que quedaban de latitas y algunas cositas que había cambalacheado. Así todo el año, siempre a caballo, al tranquito. Lo imagino dormitando soledades y rumiando recuerdos. A veces se desviaba de la ruta trazada y se metía por una quebrada a hurgar piedras y escarbar vetas en pos del mineral que siempre busca el solitario en la montaña. Le había picado el bichito del minero y ¡créame! esa es una telaraña difícil de sacársela: una porque es muy pegajosa y otra porque sarna con gusto no pica. Y así entre vender anilinas y buscar tesoros se le fue pasando la vida; se les fue, a la yegüita también; pero, empecemos por el principio.
Salía don Macías de Uspallata, al tranquito de la yegua y enderezaba para el lado de Barreal visitando cuanto rancho había en el camino. Entonces se hilaba y se teñía la lana para las labores de telar; allí ofrecía sus anilinas y se instalaba en el rancho o la casa si se hacía la noche. Desensillaba la yegua, ordenaba que le dieran agua y pasto y reparo y se incorporaba a la mesa con la dignidad de un huésped esperado. Siempre era bien recibido y esa hospitalidad la pagaba con creces contando cuentos, recuerdos y “consejas” de su lejana España. Oírlo era un entretenimiento para los mayores y un encantamiento para los chicos. Relataba sus andanzas con grandes pausas; como revolviendo en el canasto de papeles de la memoria. Después de cena y mientras la madre y las muchachas hilaban o tejían y el patrón y los muchachos escuchaban atentos, Don Macías recordaba cosas de sus mocedades y contaba de sus andanzas y aventuras de su época carlista.
Que yo sepa, no hay mejor moneda para pagar la hospitalidad que encender la imaginación y reavivar el fuego del espíritu, máxime en gentes de esas soledosas latitudes donde, por lo general, los únicos entretenimientos suelen ser las diarias tareas de la casa y del campo y el contar cómo pasan los días y llegan las noches, siempre iguales. ¡Allí es siempre bien recibido el viajero que trae otros paisajes y narra otras cosas! Y así era don Cristóbal: un narrador de historias y un enlace y correo entre los esparcidos ranchos de su dilatado imperio de vendedor de tinturas y comprador de corazones.
Luego de cruzar la Pampa del Leoncito caía a Barreal, Tamberías, Calingasta, Villanueva, Tocota; cruzaba por el Puntudo la pampa del Tigre para salir a las ciénagas de Hualilán y luego Iglesia, las Flores, Pismanta, Rodeo, Tudcum, Angualasto y tanto rancho disperso en esas soledades; siendo siempre divisada con alegría su estampa recia y acriollada; sus ocurrencias y sus anilinas La gente lo recuerda con respeto y amor y son innumerables las anécdotas que corren entre los lugareños.
Ese fue Don Cristóbal Macías, cuando hacía esos menesteres allá por los 30 y 40. Un día no vino más. Debe andar, al tranquito de la yegua, recorriendo soledades azules; internándose en las nubes y reapareciendo en ranchos angélicos y ofreciendo tinturas para teñir alas de angelitos... para hacer más pintoresco el cielo. ¡Buen viaje, don Cristóbal, déjele una docena de latitas a un tal San Pedro, para que remoce el arcoiris y nos lo prenda más seguidito!