El Mirador - Escribe Juan Carlos Bataller
El día del niño
Hemos
vuelto a festejar el Día del niño luego que la política nos llevara por
extraños laberintos llamados “niñe” o “infancias”.
Enhorabuena.
No todo debe ser manipulable.
A
medida que vamos envejeciendo, la infancia se transforma en nuestro último
refugio.
Dicen
los que saben que ahí está la raíz de la memoria. Cuando los recuerdos se
evaporan, el último bastión es la infancia.
De pronto alguien dice que niñez fue la nuestra, cuando jugábamos y reíamos sin
estar pendientes de un teléfono celular.
Me
miro niño y veo que allí están las cosas que hoy nos faltan.
Tenía
abuelos y padres y tíos que me protegían y la leche siempre tibia en el
desayuno y una madre siempre en casa para atenderme y una inmensa imaginación
como para transformar la vereda en un estadio de fútbol, la pelota hecha con
medias en un balón profesional o un cajón con cuatro rulemanes en un auto de
carrera.
Sí, ese chico, yo, debe haber sido feliz.
Cómo
no serlo si aunque nada tuviera, todo era mío.
No
tenía auto ni cuenta en el banco ni casa que mantener ni usaba corbata.
No
pensaba en la muerte ni en las enfermedades pues esas eran cosas que les
pasaban a los viejos.
Sí,
seguramente era feliz, aunque no supiera de los griegos ni de los romanos, no
me interesara el nombre del presidente de la Nación ni me preguntara sobre el
sentido de la vida.
Pero no nos apuremos. No estemos tan seguros de que era absolutamente feliz.
La
vida es inteligente y sólo guarda los recuerdos buenos.
Tal
vez, si lo pienso, no fui tan feliz como lo recuerdo.
Los
inviernos eran infinitamente más fríos y los veranos más calientes.
El
San Juan de aquellos años era aún un inmenso baldío salpicado por casas.
Dos
pantaloncitos cortos, algunos pares de media y unas zapatillas junto a dos o
tres remeritas eran la única vestimenta.
Pienso que aquel niño, yo, tenía una ventaja: Estaba estrenando la
vida.
Pero
soy consciente que si a un niño de hoy le propusiéramos esa vida, se pondría a
llorar.
¿Quién
aceptaría cambiar los juegos electrónicos, la televisión de alta definición, el
teléfono celular y las vacaciones en la playa, por una pelota de trapo?
¿Alguien,
en su sano juicio, creería que es mejor lucir los sabañones en las orejas que
tener calefacción o aire acondicionado?
Ni
hablar de que un chico de nuestros días aceptaría vestirse con aquella ropa que
fue la nuestra.
No podemos, no debemos, vivir en la nostalgia del pasado. Hay cosas que no se
comparan.
Miremos
sí, con nostalgia, los sueños que fueron quedando al borde de la vida, lo
fantásticos que pretendimos ser y la realidad de cada uno.
Al
final de cuentas, esto que hoy tenemos también será pasado.
El
árbol se sostiene en sus raíces pero en su copa nacen las flores y anidan los
pájaros.
El
niño que una vez fui sale de ronda con sus nietos.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2207 del 29 de agosto
de 2026