Apellidos de la letra F

Sergio Santiago Ferrari y Liliana Estela Gattoni. Ser feliz con lo que la vida otorga

Un matrimonio de cordobeses que trabaja por los chicos especiales a partir de la experiencia propia. Toda una elección de vida. La siguiente nota realizada por Carmen Vega Mateo fue publicada en la Sección Sociedad de El Nuevo Diario en su edición 874 del 17 de septiembre de 1998. Las imágenes son restauradas y coloreadas con IA

Por Carmen Vega Mateo
Sergio Santiago Ferrari y Liliana Estela Gattoni. Ser feliz con lo que la vida otorga
Sergio Santiago Ferrari y Liliana Estela Gattoni. Imagen coloreada con IA



Ya llevan varios años entre nosotros, pero sobre todo ella, no ha perdido el melodioso "cantito" mediterráneo que unido a una permanente sonrisa que convierte en apenas una raya sus ojos, la constituye junto con su esposo, en una de las parejas más agradables y encantadoras que haya conocido. Él es más aplomado, más sereno si se quiere, pero en realidad esconde un sentido de la vida y del humor que sorprende al conocerlo y contrasta con su imagen de "seriote". Con la cadencia cordobesa como marco, nos relataron sus vidas y avatares y, como dice Liliana, aprendieron a ser felices con lo que la vida les otorga.

Ella es Liliana Estela Gattoni, cordobesa, ¡ni falta hace decirlo! Nació el 28 de octubre de 1947. Nieta de italianos por el lado paterno y español, por el materno.

Él es Sergio Santiago Ferrari, pergaminense y nacido el 18 de agosto de 1944. Pequeñito aún, su familia se trasladó a Córdoba y allí adquirió la tonada para siempre. El origen italiano por los dos costados: Ferrari y Zenobi.

Ambos estudiaron en Córdoba y se conocieron como vecinos, con una distancia de menos de una cuadra.
—Nos conocimos cuando yo tenía diecisiete años y Liliana, catorce. Frecuentábamos el mismo club y allí nos pusimos de novios al año de conocernos.

—¿Qué te atrajo Liliana?
—No sé (risas). Supongo que los ojos, son muy azules. En esa época, a los catorce años las adolescentes idealizan todo. Además, entonces su cabello era negro.
—A mí me gustó todo. En aquella época yo tenía diecisiete años y no andaba con demasiada selección (risas). Además, Liliana es una persona que siempre ha sido muy simpática y me gustó todo, en "paquete".

De la unión, nacieron tres hijos: Diego Antonio, Matías Santiago y María Elena. Diego es el más especial de la familia.
—Sí, Diego es el más especial de la familia. Nació con un defecto genético. Es un mongolito, un síndrome de Dawn y eso lo hace ser el especial en la familia.

—¿Qué profesiones tienen?
Liliana: Yo me recibí de licenciada en Psicología, en la Universidad Católica de Córdoba.
Sergio: Yo me recibí de médico cirujano en la Universidad Nacional de Córdoba. Hago tocoginecología y diagnóstico por imágenes en lo que hace a mi especialidad.

—¿Por qué se vienen a San Juan?
—Por razones de trabajo. Yo tengo un cuñado que es médico, socio del Sanatorio Mayo, Eduardo Ramallo, casado con una hermana mía, María Cristina Ferrari. Como él tenía su sanatorio acá, me invitó a venir y a formar parte del "staff" de los médicos y del café de la esquina (risas). Llegamos en diciembre de 1974. Los dos hijos siguientes nacieron acá, pero Diego es cordobés.

—Háblenme de Diego, porque ustedes se internan en nuestra sociedad precisamente a través de él.
—Relativamente. Primero nos internamos a través de la profesión nuestra, en el contacto con los pacientes y en la universidad en mi caso. Comenzamos a formar parte de una institución a través de la cual nos conocen, cuando Diego ya llevaba varios años de tratamiento aquí. En 1987, invitados por el doctor Juan Carlos Giugni, comenzamos a formar parte del grupo de padres de ASANA. Ellos fueron los que se pusieron en contacto con nosotros porque ya habían creado la institución, IRINA. La cosa comenzó en un almuerzo en que me encontré con él y se enteró de que Diego estaba sin un lugar que lo pudiera contener. Porque Diego además de Dawn es autista. El autismo se le instaló aproximadamente, entre los tres y los cuatro años. Giugni nos invitó a formar parte de ASANA. Primero trabajamos para IRINA, el Instituto de Rehabilitación al Niño Aislado y después, cuando los chicos comenzaron a hacerse más grandes, los padres vimos la necesidad de realizar otra institución y así armamos el Hogar de Vida Juan XXIII.

—Un hijo de esta naturaleza, en algunos casos, destruye la pareja...
Liliana: Si. Hay casos en que sí. En el nuestro, nos unió más. Hay un matrimonio también que son un ejemplo, los Castelli, que formaron otra institución similar. Diego no nos desunió, contrariamente. Uno de los grandes objetivos de nuestra vida, es la lucha porque él sea un niño feliz, un adolescente, en este momento feliz y un hombre feliz el día de mañana.
Sergio: Para mí Diego, es fundamentalmente nuestro hijo. Es un ser humano que nació con los cromosomas equivocados. Hay otras personas que nacen con otras cosas... (risas). No tiene nada de especial. Nosotros interpretamos la cosa con un poco más de realidad que la que suelen interpretarse las parejas con un niño así y lo consideran un daño. Nosotros buscamos para nuestro hijo, crear un espacio social para que él puede participar de todo lo que, dentro de sus limitaciones, los demás seres humanos gozan de la sociedad. Estos chicos son difíciles y por eso nos abocamos con los papás del grupo, para lograrlo.
Liliana: Para nosotros es fundamental que Diego no se convierta en una carga para sus hermanos. Yo creo que esta es una realidad que nos tocó a nosotros. Siempre he sido de la opinión de que uno tiene que aprender a vivir feliz dónde y con la realidad que le toque, esa ha sido mi filosofía de vida. Y esto que nos tocó vivir como pareja, no se lo podemos adherir a nuestros hijos. Ellos lo quieren a su hermano, lo aman muchísimo, pero es un adolescente que necesita tratamiento psicoterapéutico y espacios especiales en forma permanente. Y ningún hermano en el mundo le podría dar lo que le otorga la comunidad terapéutica. Además, ésta está pensada para que el día que nosotros no estemos, él tenga su lugar, así como los hijos que se van de la casa para casarse y tienen otra residencia, bueno, él se tendrá que ir para estar con este grupo de padres cuando no estemos.
Sergio: Esa es otra realidad que los papás tarde o temprano tienen que asumir. A estos niños les va a tocar separarse del hogar como a los otros cuando se casen. Pero estos fundamentalmente les va a tocar separarse de su hogar porque llega un momento en que la familia no puede satisfacer todas sus exigencias y deben estar en instituciones preparadas para contenerlos.

—¿Cuáles son los inconvenientes que pueden generar?
Sergio: Por ejemplo, el tamaño de los muchachos. Liliana cuando a Diego se le antoja estar en el suelo, no lo puede levantar. O si a Diego se le antoja ir a tal o cual lado, Diego va y Liliana no puede detenerlo. Yo sí puedo pero no será siempre. En cambio en las instituciones hay personas especializadas que están las veinticuatro horas pendientes de las necesidades de las criaturas. Porque estas son criaturas aunque tengan cuarenta años. Esa es nuestra realidad que nosotros no podemos asumir. Yo tengo que trabajar, Liliana también. Y en esta casa cada uno hace su vida.

—¿Y cómo es la vida de Diego?
Liliana: Bueno, Diego se levanta en la mañana a las ocho y cuarto más o menos lo pasa a buscar la movilidad que lo lleva a la comunidad terapéutica y está todo el día hasta las diecinueve y en este momento, los miércoles y jueves, se queda a dormir en el instituto, porque ya eso es una forma de irse desprendiendo y preparándose a lo que va a ser el hogar definitivo. Además, la institución le ofrece un sinnúmero de actividades recreativas que una mamá y un papá jamás le podrían dar. Entonces él está feliz y la pasa muy bien y nosotros, por supuesto.
Sergio: Seguro, porque en mi familia, cada uno trabaja en lo que está preparado para hacerlo y él lo está para el instituto. Los terapeutas que están ahí, lo llevan a pasear, lo hacen jugar, lo estimulan, lo hacen trabajar, cosa que nosotros tendríamos que abandonar todas nuestras tareas habituales para poder hacer eso. Para eso nosotros empezamos, como te contaba Liliana recién, hace muchísimo tiempo, con ASANA. Y después, el Hogar de Vida, donde el chico transcurre su adolescencia y si Dios quiere, pasará su adultez allí. Esta otra segunda institución, fue creada para cuando los papás no estén.

—Sergio, ¿cómo has desenvuelto tu profesión?
—Yo tengo dos profesiones. Por un lado, médico, que es la parte más fácil y por otro lado, la de papá, que es más difícil. Es difícil con los sanos y con Diego también. (risas) Durante mucho tiempo yo pensé que mi actividad principal iba a ser la de médico. Pero parece que no, la principal es la otra: nuestro hijo Diego.

—¿Y tu profesión, Liliana?
—Yo hago consultorio todas las mañanas y dos veces a la tarde y luego desarrollo mi actividad profesional en la docencia, en la Universidad Católica. Me contrató la universidad apenas nació Matías para dar dos materias que son mi especialidad: Psicodiagnóstico y Psicología Clínica.

—¿Qué opinas de la fertilización asistida Sergio?
—Es un capítulo aparte. Hace un rato, en el consultorio estaba leyendo un artículo de un médico sueco, donde decía que trataban un sólo embrión y desechaban los otros. A mí me parece que el hombre en su afán de torcer el curso de la naturaleza, se está equivocando. Una mamá de cincuenta años puede tener muchas ganas de ser mamá pero ha perdido su tiempo y no se puede contrariar la naturaleza. Además, aún en embrión, son seres humanos y entonces, ¿cuál es el criterio para una selección? ¿Por qué este sí y el otro no? Yo estoy totalmente en contra de la manipulación de los embriones.

—¿Qué les gusta y disgusta mutuamente?
Sergio: Mirá, ya llevamos treinta y siete años juntos (veintisiete de casados y diez de novios) y gustarme, me gusta todo. Disgustarme, por ahí hay algunas cosas (risas) que no las tengo muy presentes. Liliana: Yo sí sé lo que a él le disgusta: que yo trate de justificarme de algunos de mis errores. Sergio es una persona que piensa que a los errores hay que enfrentarlos siempre. Entonces que yo trate de disculparme, eso sí que le disgusta. Lo que más me gusta de él, es su fuerza y lo que siempre ha pasado en la pareja nuestra: por más crisis que hayamos tenido, el afecto es realmente grande. Mi esposo siempre me ha hecho sentir una mujer amada y deseada y eso no lo pueden decir muchas mujeres.


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