Historias Policiales

Francisco Jándula: escapar, matar o morir

Un personaje que usó los métodos más ingeniosos para escapar, primero se tiró a un canal, otra vez se vistió de mujer hasta que en su última fuga mató a un policía. Artículo publicado en El Nuevo Diario, edición 864 del 9 de julio de 1988 en la sección Grandes historias policiales.

Por Alejandro Sánchez
Francisco Jándula: escapar, matar o morir
Francisco Jándula y las fotografías registradas en su prontuario policial.


Hace alrededor de 60 años existió en San Juan un personaje que hizo historia en el quehacer delictual por su habilidad en los robos y su decisión de matar y de enfrentarse a balazos con la policía. En aquellos años, después de 1935, se había convertido en el maleante más peligroso y temido. Varias veces ocupó celdas en las comisarías y también en la cárcel. Pero a pesar de la rigurosa custodia consiguió evadirse para proseguir con su raid delictivo.

Su nombre real era Francisco Jándula, dijo ser analfabeto y además se hizo llamar Juan Cortez, José Anderson, Carlos Hugo Patters, Luis Tálamo, José Zúñiga y Juan Carlos Lacrois, según figura en su voluminoso prontuario.

Jándula nació en 1912 en Veracruz, México, donde permaneció toda su infancia. Cuando aún no había cumplido los 18 años, con el dinero obtenido de un asalto se vio obligado a viajar a Chile, donde profesionalmente inició su carrera delictiva. Comentaba que tuvo que delinquir por no conseguir trabajo estable. Empezó a robar en domicilios particulares y luego en negocios. Había planeado asaltar una casa de cambio y durante el empeño fue descubierto y perseguido por los carabineros. Tenía que huir de ese país, porque además ya estaba enterado del pedido de su captura girado desde México.
Jándula se ofreció como ayudante de un camionero para viajar a la Argentina, consiguiendo así eludir a la justicia chilena.

Primera fuga a pleno día

A principios de 1935 arribó a San Juan, pues por noticias obtenidas en Mendoza, consideraba que nuestra provincia era plaza fácil para sus fechorías. Solía decir que resultaba peligroso incursionar por zonas de la Capital debido a la vigilancia de la policía.
Esa razón lo llevó a operar en los departamentos alejados, conformándose siempre con disponer para la comida y el pago del alquiler de la habitación que, generalmente, no ocupaba más de dos meses en el mismo lugar. En 1936 cayó en manos de la policía que lo sorprendió durmiendo en una vivienda de Rawson. Hasta entonces había cometido más de 20 robos. Fue alojado en la cárcel de Chimbas, tras recibir una condena de tres años y seis meses.
Muy poco duró su encierro. Antes de los cinco meses logró fugarse en pleno día. Le habían asignado el trabajo de cultivar en un sector del establecimiento. Minutos antes del almuerzo y en un descuido de la custodia, el interno se arrojó en un canal cercano y de esta manera consiguió llegar al exterior, luego de pasar por debajo de dos puentes.
Permaneció prófugo más de un año y en ese lapso fueron muchos los delitos cometidos.
En julio de 1937 se produjo una escaramuza entre algunos parroquianos de un bar de la calle Cereceto, en Marquezado. Uno de estos individuos había recibido un fuerte golpe en la cabeza con una botella que le produjo una herida cortante y quedó desvanecido hasta que llegó la policía. Al ser identificado se comprobó que se trataba de Francisco Jándula. Aún con la cabeza vendada fue internado nuevamente en el penal de Chimbas.

Quiso huir, pero esta vez matando

Corría el año 1948 cuando la Justicia de San Juan recibe notas de recomendación para la captura de Francisco Jándula o Carlos Hugo Patters, solicitados por las policías de Mendoza, San Luis y Córdoba. A la vez le anunciaban que se encontraba radicado en San Juan. El 14 de diciembre de ese mismo año, la policía recibe una denuncia sobre el robo cometido en una finca de Albardón y la filiación del delincuente coincidía con la de Jándula. Enseguida sale una patrulla hacia ese departamento y lo sorprende en momentos en que hacía detener un camión en la ruta 20 para viajar a nuestra ciudad.

El detenido fue trasladado a la Seccional 11a. de Albardón y allí fue requisado sin que se le encontrara ningún arma. Poco antes de la medianoche, en momentos que solamente quedaba el personal de guardia, Jándula llamó a un agente, Luis Luna, casado, con dos hijos. Le pidió que lo acompañara al baño y en el corto trayecto, sorpresivamente, el preso extrajo un revólver con el que amenazó al policía y sin que mediara discusión este recibió un balazo que le provocó la muerte instantánea. El homicida rápidamente escapó por los fondos de la comisaría y se dirigió a Jáchal.

La policía se enteró de que el prófugo y homicida se encontraba en aquel departamento ante la noticia del robo perpetrado en un almacén. Hacia allí partió una comisión de Investigaciones al mando del subcomisario Domingo Rosas Robles, con quien ya había tenido un enfrentamiento a balazos. Al llegar al distrito El Balde se enteran de que un individuo desconocido merodeaba por la región.
El funcionario policial solicitó la colaboración a baqueanos y lugareños de la zona. Algunos con escopetas y otros con machetes, en cabalgaduras, continuaron con la búsqueda del peligroso asesino.

Alrededor del mediodía del 20 de ese mes, Jándula fue avistado en el paraje Adán Quiroga, donde al parecer estaba esperando el paso de algún tren. Al verse descubierto, el malhechor se parapetó detrás de una tapia y desde allí inició un intenso tiroteo con sus perseguidores. El intercambio de disparos finalizó cuando Jándula se quedó sin provisión de balas. Arrojó el revólver entre unos arbustos y emprendió una veloz carrera buscando la espesura del campo. La policía inició una tenaz persecución que finalizó con la captura. Al verse rodeado y sin poder enfrentarlos, levantó los brazos y gritó: "No disparen, me entrego".

Un final con olor a venganza
Existe una versión de que en el trayecto a nuestra ciudad Jándula fue golpeado rudamente en la cabeza hasta hundirle una parte del cráneo. También se dijo que le vaciaron en el rostro un recipiente con ácido muriático quemándole los ojos. Estas lesiones determinaron su internación en el hospital Rawson por un largo período, pero a pesar del tratamiento quedó impedido físicamente. Luego de una mediana recuperación fue trasladado a la cárcel de Chimbas esta vez con una condena de 24 años y 6 meses. Debía recuperar su libertad en 1972, pero debido a su estado delicado, que con el tiempo se fue agravando, fue beneficiado con una conmuta en 1966, año en que recuperó la libertad. Hasta entonces en ningún momento podía pensar en otra fuga. Uno o dos meses después fue internado nuevamente en el mismo nosocomio, donde dejó de existir. Su cuerpo fue sepultado en fosa común del cementerio de la Capital, al no ser reclamado por familiares o algún amigo.


Sobra una visitante... y falta un preso

Mientras Jándula permanecía en la cárcel, su mayor preocupación fue organizar un plan de fuga y así lo comentaba a los demás internos. Pero ahora la estrategia presentaba más dificultades, debido a los antecedentes de su evasión anterior. Esta vez no fue beneficiado con la realización de trabajos fuera de los pabellones y su vigilancia era muy estricta. Solamente se dedicaba a la limpieza de los pisos e interiores y siempre lo hacía controlado por personal uniformado.

En aquellos años, en la antigua cárcel las visitas de los familiares de reclusos se efectuaba únicamente los domingos, desde las 10 hasta las 18. Según la reglamentación no había excepciones ni tampoco se concedían permisos durante la semana aunque ocurriera el deceso de un familiar cercano al interno. Jándula nunca recibió la visita de una mujer y muy pocas veces de algún varón.
No obstante, él siempre alternaba con los familiares de los compañeros y de esta manera mantenía una amistad que lo favorecía con algunos regalos.

Un domingo de septiembre de 1938, cuando se cumplía el habitual recuento de los internos luego de despedir a las visitas, se notó la ausencia de Francisco Jándula. Resultaron negativos los intentos de dar con su paradero dentro del establecimiento carcelario.
Misteriosamente había desaparecido. Rápidamente se dispuso una investigación sobre cantidad de personas que ingresaron al penal como visita. Al comparar la nómina con la de la salida, se estableció que sobraba una mujer, es decir que en la lista figuraba una más del total registrado a la entrada. Otra vez Jándula burló a la guardia y esta vez fue posible sospechar que consiguió evadirse disfrazado de mujer.

Nuevamente se solicitó su captura y otra vez la policía inició la búsqueda por lugares que el prófugo solía frecuentar, sin conseguir ubicarlo. Se tenía la certeza de que a pesar del corto tiempo ya había conseguido cambiar en parte su fisonomía, como era su costumbre. La audacia y originalidad de Jándula quedaron demostrados nuevamente con esta fuga, que en la historia penitenciaria se trataría del primer caso que un recluso se evade vestido de mujer.

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