Apellidos indígenas de Cuyo y La Rioja (Segunda Parte)
Observamos
de esta manera que la Toponimia y la Antroponimia tienen muchos puntos en
común, lo que puede advertirse no sólo en el campo disciplinar, sino también en
la realidad de los problemas de la Onomástica aborigen. Uno de los puntos en
común, por ejemplo, es el hecho de ser considerados tanto los topónimos como
los antropónimos, como verdaderos fósiles lingüísticos, ya que nos permiten
adentrarnos en la historia de la lengua.
Si bien
las dos ramas de la Onomástica (Toponimia y Antroponimia) comparten
características lingüísticas fundamentales, no por ello se comportan de igual
modo. Así por ejemplo, desde el punto de vista cuantitativo registramos que hay
más topónimos aborígenes que apellidos o nombres aborígenes. Basta con revisar
la documentación derivada de numerosos pleitos entre encomenderos, para
encontrar algunas de las posibles razones. Por un lado, los encomenderos al servirse
de los indios, por lo general, no levantaban en forma pulida o sistemática el
acta correspondiente de la toma de posesión. Esta situación da la pauta de que
la documentación para la recopilación de los nombres y ‘apellidos’ no podrá ser
completa. Por otro lado, no debemos olvidar que el corpus de antropónimos
aborígenes no estará acabadamente completo, en la medida en que los
conquistadores, al bautizar a los indios les colocaban nombres españoles,
limitando irreversiblemente nuestro acceso a aquellos designativos. Como
consecuencia quedaron en el camino onomástico solo algunos nombres que
iniciaron su deambular por la historia de los pueblos. Los apellidos
aborígenes se convierten en huellas,
que conducen no solo al conocimiento de los primitivos habitantes, sino también
como fósiles para el estudio de la lengua que usaron.
(*) Ex directora del Instituto de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas Manuel Alvar (INILFI) de la FFHA de la UNSJ. Miembro de la Academia Argentina de Letras