Francisco Narciso Laprida - Por Gabriel Eduardo Brizuela
MI VIDA
Por Francisco Narciso Laprida
PERO MIS AMIGOS ME DICEN NACHO
Es difícil para mí explicarles como fue mi corta vida de solo 42 años. Puedo decir con orgullo que nací en la ciudad de San Juan una bella primavera de 1786, más precisamente el 27 de Octubre.
Pero si bien una plaza, con mi estatua me recuerdan, además de una escuela y otras en diversas provincias mis comprovincianos me tienen siempre presente pero, que difícil es a veces honrar a alguien que -más allá de sus merecimientos-, no legó a la posteridad recuerdos como mi amigo Domingo Faustino Sarmiento de una casa -hoy museo- y tampoco de una lapida o un lugar de sepultura, mi tumba que hubiese querido tener no por vanidad, sino para mi familia.
Así la historia tiene muchas variantes que por supuesto escapan a uno. Pero vamos por parte. Nací del casamiento de mis padres José Ventura de Laprida -asturiano de nacimientos quienes sus amigos llamaban Pepe con mi madre María Ignacia Sánchez. Claro que yo fui el quinto hijo, antes llegaron mis tres hermanas Marías -todas ellas- y mi hermano José. Así puedo decir que tuve con quien jugar y al ser el benjamín fui muy mimado. Es uno de los mejores recuerdos. Mi casa estaba ubicada en la calle Cabildo -hoy General Acha a 150 metros de la Plaza de Armas.
Mi padre, hombre que
tenía muy buen tacto para los negocios compró un lote de unos treinta metro de
ancho donde comenzó a edificar lo que hoy sería una casa colonial andina, con
los materiales de la época y una típica distribución, y si me extiendo en esta
descripción es porque hoy la casa no existe, el terremoto del 15 de Enero de
1944 la dañó muy severamente y en esos días la prioridad era la seguridad -no
el patrimonio histórico, no por mi sino porque era una vivienda de la segunda
mitad del siglo XVIII.
Digo seguridad porque sus paredes estaban construidas de adobe, pero la mayoría resistió el movimiento telúrico -ya que tenían entre 70 y 80 cm. de grosor-. El techo, de rollizos, cubiertos por caña y barro no resistió. Su frente poseía tres balcones a la calle con rejas de hierro, al medio del frente se encontraba la puerta principal, que era de algarrobo maciza con un llamador de bronce que de chico no alcanzaba y era mi sueño crecer para golpear con él llamando la atención de mis padres. Pero no tuve que esperar mucho ya que subiéndome en las espaldas de mis hermanas -las tres Marías- pude hacerlo a corta edad. Después de un zaguán, daba a un patio ya un segundo zaguán. En el primer patio se encontraban las habitaciones de la familia y el dormitorio de huéspedes, todos unidos por galerías.
En el segundo patio
vivía el personal de la casa. No deseo decir servidumbre, porque siempre fueron
tratados como de la familia. Este patio era más grande, se encontraba a unos 65
metros de la entrada y poseía además un granero donde se podía llegar a caballo
y un horno de barro para las empanadas clásica comida de los domingos.
Me detuve -como antes
les anticipé- porque es la casa de mis recuerdos. Ella la construyó mi padre
-como dije- antes de casarse hacia 1781. Allí nacieron mis hermanos y yo, fue
el lugar desde donde partía a la escuela, también allí murió mi padre, allí
viví yo cuando me casé y nacieron mis hijos. Desde allí partí a Chile, al
Congreso de Tucumán y muchos otros viajes. De uno de ellos -a Mendoza- todos
quedaron esperando mi regreso, el que nunca se produjo. Por eso es la casa de
mis recuerdos, que fue modificada en el primer tercio del Siglo XX pero ya no
por mi familia. Mis estudios fueron algo poco tradicional para la época.
Si bien empecé en San
Juan en las aulas anexas a el claustro de la Iglesia de San José -lugar cercano
a donde años más tarde funcionó la Escuela de La Patria-, siendo mis maestros
Ignacio Sánchez -mi tío- y clérigos Dionisio Jofré y José Maradona. Ellos
alentaron a mi padre a que siguiera mis estudios para lo cual me envió al Real
Colegio de San Carlos en Buenos Aires. No lo podía creer, era una ciudad enorme
comparada con San Juan. Tenía el puerto -mi gran atracción- y estuve allí en el
Este hasta 1803 en el que volví a San Juan y después de un año partí al Oeste,
a Chile, al Colegio Carolino de Santiago y en 1808 me gradué en la Universidad
de San Felipe de Bachiller en leyes y en 1810 de Licenciado en Leyes y Abogado.
Hice algunos viajes al Oeste hasta Valparaíso para ver el Océano Pacífico y
aquel próspero puerto.
Si bien había decidido
comenzar -y lo hice- el ejercicio profesional ese año creía que mi Patria me
reclamaba y volví a San Juan donde trabajé como abogado pero hubo algo más
fuerte que me hizo dejar de lado este trabajo como principal, y abrazar la
causa revolucionaria. No era un guerrero, pero pensaba que podía ser útil. Así
fue. Primero ayudando a José Ignacio De La Roza, mi amigo quien en 1815 me
presentó al general José de San Martín. Desde las salas del convento de Santo
Domingo ayudé a trazar en alguna forma los planes de la campaña libertadora y a
ayudar -como lo hizo mi padre- con dineros y ganado. El adhirió a la causa, nunca
lo sentí decirse español, él siempre decía que era un asturiano y que por lo
tanto era libre. Pero lo que cuento como una incorporación a la causa de Mayo
tuvo pasos previos, que, como hombre de leyes no podía desconocer.
En 1811 fui elegido
Asesor del Cabildo -institución española que sobrevivió varios años a 1810-,
luego fui electo Alcalde de Primer voto en 1812. Casi participo de la Asamblea
del Año XIII pero diferentes acontecimientos no lo hicieron posible. Luego en
1814 fui procurador del Cabildo. Después fui testigo y actor de los sucesos que
provocaron la Carta de Mayo y posteriormente mi labor -ya en 1821 con la
Primera Sala de Representantes me vio como Diputado y presidente en 1822 y
reelecto en 1823. Pero no es de este cotidiano trabajo del que les quiero
hablar o deseo recordar. Es mi mayor orgullo haber sido elegido Diputado por
San Juan al Congreso de Tucumán de 1816.
En primeras elecciones
fue electo Fray Justo Santa María de Oro, dominico de gran inteligencia y muy respetado.
Pero por la cantidad de habitantes, a San Juan se le solicitaron dos diputados,
de esa nueva elección mi pueblo pensó en que yo sería la persona adecuada. Así
llegué a Tucumán -a caballo- cuando se inauguraron las sesiones en Marzo de
1816. Fray Justo llegó unos días antes y esto me sirvió para intercambiar ideas
y ponerme al día pero grande fue mi sorpresa cuando en la sesión del 1 de Julio
fui elegido Presidente -era mes por mes- por mis cualidades que según mis
comprovincianos me daban como un funcionario ejemplar y un hombre probo. No
deseo decir que lo era, pero me dio toda la sensación que los comentarios de De
La Roza y San Martín tuvieron mucho que ver en esta dedición.
Ser el Presidente del Congreso de Tucumán aquel 9 de Julio de 1816 fue lo más grande que pudo sucederme en mi vida. Ese día después de discutir el problema se llegó a un acuerdo: no debía dilatarse más o menos no podía postergarse dicho acto cuando San Martín estaba por iniciar su campaña. Por ello cuando tras mi breve discurso y habiendo preguntado... ¿Queréis que las Provincias Unidas del Río de La Plata sean una Nación Libre e independiente de los Reyes de España, su metrópoli y todo otro poder extranjero?
El atronador SI LO
QUEREMOS me erizó la piel, una sensación de alivio, orgullo y patriotismo me
invadió cuando debajo de la Declaración estampé mi firma: Francisco Narciso
Laprida- Presidente y luego lo hiciera Mariano Boedo como Vicepresidente y los
demás congresistas. Todo ello se completó el 21 con el juramento con el nuevo
texto. Pensar que un sanjuanino había sido no solo Presidente del Congreso de
Tucumán sino firmante de la independencia. No pensé que llegase a tener ese
honor. El Congreso se trasladó a Buenos Aires en Febrero de 1817. Como había
crecido la ciudad de mis estudios que no veía hace casi 12 años. Pero unos
meses después me vi obligado a volver a San Juan por lo que pedí una licencia
de dos meses pero obligado a reemplazar a De la Roza como Gobernador
interinamente renuncié. Es que era un año de plena lucha en Chile y se
preparaba la expedición al Perú.
Para ese entonces había
muerto mi padre y desde mi infancia siempre me enamoré de una sola mujer, Micaela Sánchez de Loria, por eso todos
creyeron que se trataba de un corto noviazgo pero al ser prima debí solicitar
una dispensa religiosa y otorgada me casé el 21 de Agosto de 1818 y me fui a
vivir con mi madre. Si seguimos hablando de lo que hice, periodismo,
construcción del Canal Pocito u obra legislativa- en realidad traté de ser un
buen padre de familia -de cuatro mujeres y un varón-, de un hombre honesto y de
hombre de leyes. Sin embargo, la historia y el destino me deparaban dos
sorpresas más. Fui elegido para representar a San Juan en el Congreso General
Constituyente de las Provincias Unidas del Río de La Plata de 1824 junto con el
Presbítero Bonifacio Vera, quien murió mientras se desarrollaba el Congreso.
Pero el País, que yo ayudé a forjar, con el que soñé se desgarraba en luchas
civiles, atroces entre unitarios y federales.
En un momento debí incorporarme al Batallón EL ORDEN. Con mi amigo Domingo Faustino Sarmiento en el mismo batallón partimos hacia Mendoza, él era joven, 18 años, una promesa para nuestro país, inteligente, lleno de vigor de ideas. Nos emboscaron en un lugar denominado El Pilar a unos 10 kilómetros de la Ciudad de Mendoza. Con Sarmiento llegamos a un caserío, decidimos separarnos, cada uno tomó por un camino pero mi caballo fue alcanzado por la descarga de un trabuco y al caer estaba totalmente aturdido, en esos momentos sentí el frío de la hoja de un facón en mi cuello. Me di cuenta que había llegado mi fin, solo recordé que no conocería a mi hija Delmira -que nació en febrero de 1830- y de aquel día 9 de Julio. No tuve tiempo para otro pensamiento. Fui arrojado a una fosa común- y mi cuerpo nunca tuvo tumba como les comentaba al principio. Sarmiento escapó, fue un sanjuanino brillante, llegó a Presidente de ese País que soñé. Eso. Por eso decía al principio que aún sin casa y sin tumba mi pueblo así no me olvidó. Lo sé.
Gabriel Eduardo Brizuela
Junio 2020