La Ventana Intimista
El teléfono de mi padre no contesta
La vida no se reanima con medicinas sino con el sonido de voces queridas. Esto lo comprendemos cuando es demasiado tarde.
Mi padre un día dijo: “hasta aquí llegué”. Y se dejó morir.
Han pasado los años y confieso que más de una vez tomo el teléfono para llamarlo y preguntarle si el domingo comeremos juntos.
Pero ya es tarde. Su número no responde.
Y yo me quedo con la duda: ¿Habré devuelto, aunque sea en una mínima medida todo lo que recibí de mi padre?
Me resisto a sus últimas imágenes. Yo lo conocí fuerte, duro como una roca, sabio, entero. Y yo, niño, era débil pero a la vez seguro de que nada me pasaría mientras lo tuviera a mi lado.
Y así crecimos. En la convicción de que nuestros padres siempre serían fuertes. Que cuando los avatares de la vida nos hicieran dudar, siempre tendríamos aquel último refugio, aquella playa conocida donde se amarran los barcos que vuelven del mar.
Un día, no sé cuándo, comprendimos que ya no dependíamos de la fortaleza de nuestros padres. Habíamos traspasado la frontera de la madurez.
Era nuestra hora.
En un mundo que cambiaba, poco podía ayudarnos un padre “de otro tiempo”. Eramos nosotros ahora los navegantes que se lanzaban al mar. Y que bastaba con alguna llamada, un regalo de cumpleaños o un dibujo del nieto para que quedaran saldadas las deudas de aquel niño que fuimos.
A veces hasta nos molestaba ese empeño en transmitir recuerdos y experiencias. ¿Quién necesita experiencias ajenas, por lúcidas y veteranas que sean, si somos incapaces de digerir las nuestras?
Y hasta alguna vez nos preguntamos si simplemente no estaríamos compitiendo.
Un día, incierto, comprendimos que algo había pasado. Que no estábamos frente a un padre y una madre sino ante dos cuerpos agotados, sostenidos con medicamentos, cada día más torpes en sus movimientos.
Al principio, como todo hijo, negamos la realidad.
Pensamos en cuestiones pasajeras, nos empeñamos en consultar a los mejores médicos, exigimos la mejor tecnología.
Ni siquiera advertíamos que sólo prolongábamos un poco más los peores días de aquellos a quienes les debemos todo.
Hoy, cuando algún domingo mi mano siente el impulso de llamar por teléfono al número de mi padre, advierto que ya es tarde.
Ese número no responde.
Y una voz interior me dice: “los viejos no necesitan grandes médicos para malvivir mejor; la vida no se reanima con medicinas sino con el sonido de voces queridas; con la mirada del niño que fuimos y admiraba a su padre; con el tiempo que les negamos. ¿Entendiste?”.
Y aunque a los padres volvamos a encontrarlos en el olor de una comida, en una vieja carta, en un cuchillito que quedó de recuerdo o en un recorte que guardaron cuando por primera vez aparecimos en un diario, ya es demasiado tarde para llamar por teléfono.
Ese número dejó de contestar.
Seguramente, cuando llegue nuestra hora, nuestros hijos repetirán la historia.