el historiador superó un cáncer
Edgardo Mendoza cuenta como convive con su enfermedad
Limitado pero no abatido por su enfermedad, Edgardo Mendoza habla sobre su dolencia, los tratamientos, sus límites para movilizarse y sus nuevos desafíos.
Docente, investigador, referente, periodista, Edgardo Mendoza es palabra reconocida y pedida en especial cuando se trata de política, historia y asuntos internacionales. Su capacidad, claridad y pasión para el relato le permitieron ganar popularidad y prestigio como divulgador de la Historia.
Sin embargo, desde hace varios meses ya no se ve al Edgardo de bigotes caminar con los libros bajo el brazo. Su alegría y entusiasmo siguen siendo los mismos pero ahora se lo ve con su tablet, manejando sus muletas o su silla de ruedas, es que la vida tenía preparadas otras cartas para él.
Hace una década logró superar un cáncer de tiroides pero en 2007, una nueva mala noticia lo sorprendió. Era un extraño y singular caso de un tumor en el hueso ilíaco izquierdo que dejó atónitos a los médicos que lo atendieron. El diagnóstico llegó poco después de que hiciera el cruce de Los Andes y justo cuando se preparaba para la propuesta que le había hecho Marcelo Lima, ser jefe de asesores en el municipio capitalino.
Lleno de coraje, esperanzas y jamás escaso de proyectos, aceptó el avance de la enfermedad y el someterse a una operación para que le sacaran el hueso, sabiendo que las consecuencias de la intervención lo marcarían para siempre. Desde entonces, tiene que aprender a movilizarse con la silla de ruedas y con las muletas que, según él mismo cuenta, cada vez maneja mejor.
-¿Por cuánto tiempo va a usar la silla de ruedas y las muletas?
-Así me van a seguir viendo desde ahora y hasta que ya no esté.
-¿Cómo perdió la movilidad?
-Todo empieza hace diez años con una enfermedad que tiene un nombre terrible, pero yo creo que no hay que asustarse, y que es cáncer.
-¿Qué tipo de cáncer tuvo?
-Fue un cáncer de tiroides, se trata muy bien y tiene un principio de cura de un 99,95 por ciento de los casos. En el caso restante, que suele ser uno entre muchos, estuvo el mío y tuvo secuelas complicadas. Apareció en 2002, se trató bien y se finiquitó, pero en 2007 hizo una metástasis muy rara en el hueso ilíaco izquierdo, que es el que tenemos en la cadera. A partir de allí, desde el interior del hueso, empezó a generarse un tumor.
-¿Qué tratamientos recibió por el tumor en el hueso?
-Se han ido intentando muchas cosas, rayos, operaciones paliativas, hasta que no quedó más remedio que decir: esto sigue avanzando, o vos lo podés al tumor o él te puede a vos y la forma de que vos puedas al tumor es sacar el hueso en su totalidad.
-¿Decidió sacarse el hueso para ganarle al tumor?
-Eso hicieron en diciembre del año pasado en un hospital en Buenos Aires. Con una operación muy complicada, muy cruenta, como dijo el cirujano, sacaron ese hueso. Al sacarlo indudablemente han sacado el tumor, pero la consecuencia es que he perdido la locomoción normal.
-¿Qué es lo que no puede hacer?
-La pierna izquierda no tiene el sustento que necesita porque se apoya en ese hueso, por ende es una pierna que yo tengo que mover con la mano y por eso necesito las muletas para desplazarme. La idea es, en el interior de mi casa, moverme con la silla de ruedas y para salir hacerlo con las muletas.
-¿Cómo se maneja con la silla de ruedas y las muletas?
-Es la tarea que estoy emprendiendo y la he tomado un poco como fue el exilio y el tener que aprender el francés cada semana. Cada mes que transcurría en Francia hablaba y entendía un poquito mejor. Cada mes que pasa creo que manejo mejor las muletas.
-¿Esta enfermedad le revela algo?
-Esto ha venido muy paulatinamente, no ha sido de la noche a la mañana. Diría que desde 2007 debido a los tratamientos y operaciones fui perdiendo movilidad, el sentido de la marcha. Me fui preparando para esto y eso ayudó mucho. Lo otro que me ayuda es el deseo de decir “yo quiero la vida”. La vida es algo magnífico que nos pasa, que tenemos que aprovechar al máximo y yo todavía puedo aprovechar de la vida, de mi mujer, mi familia y los amigos.
-¿Qué proyectos le quedan por hacer?
-Creo que puedo seguir escribiendo, voy a tratar de ir a dar clases el año que viene, hay muchas limitaciones pero también muchas cosas por hacer.
-¿Es cierto que cuando lo operaron en Buenos Aires le ofrecieron la “extrema unción”?
-Si, fue en un gran hospital de Buenos Aires. Antes de la operación hay que llenar un formulario muy grande y, entre otras cosas, a uno le preguntan si es Testigo de Jehová y que religión profesa, si es evangélico, católico. El día de la operación yo ya estaba internado y vino una funcionaria muy elegante y muy discretamente me preguntó que si era católico y si no quería la unción de los enfermos.
-¿Aceptó el ofrecimiento?
-“Pero cómo no”, le dije, “adelante”. Al rato vino el capellán del hospital, un sacerdote muy viejito, que yo creo que él necesitaba más la unción de los enfermos que yo, pero ahí me brindaron ese auxilio que es muy importante.
(Recuadro)
“Me dio mucha pena la muerte de Videla”
-Usted que durante la dictadura tuve que exiliarse ¿Qué sintió al enterarse de la muerte de Videla?
-Mucha pena porque al margen de lo que haya hecho, que fueron cosas terribles, muere en soledad como un pobre tipo y yo no le deseo eso a nadie. Creo que debemos tener una sociedad para que uno pueda morir en paz, rodeado de su familia y amigos, enterrado donde uno quiere y él no ha tenido esa posibilidad. Pena también por tanta gente que desapareció y de la que nunca vamos a tener informes porque al morir él se muere una fuente de información de primera línea y el hombre nunca quiso proporcionar absolutamente ningún dato.
-¿No le guarda rencor?
-Yo me tuve que exiliar pero me fue muy bien, volví sin rencores y una de las primeras cosas que me planteé fue que teníamos que cambiar la relación de los universitarios con el Ejército, con las Fuerzas Armadas. Cuando fui funcionario de la UNSJ me preocupé mucho por que firmásemos un convenio con el regimiento para que ambos trabajen en conjunto. Creo que hoy es imposible ganar un conflicto armado si no se tiene el apoyo de la universidad, creo que los militares, los soldados, los oficiales de hoy también lo comprenden así y ese convenio sigue vigente.
La familia y el exilio
Su madre, la docente y crítica musical Emma Sánchez, fue una figura que lo marcó en su carácter. En contra de lo que era bien visto en los años sesenta, la mujer tomó la decisión de separarse de su esposo y criar sola a sus dos hijos. Edgardo forjó un espíritu rebelde y jamás conformista, por eso se sintió muy a gusto cuando decidió estudiar Historia en Córdoba, en la década del setenta. Pero un día la dictadura, de la mano de Jorge Rafael Videla, volvió a adueñarse del gobierno y una serie de intimidaciones lo forzaron a exiliarse en Francia. Allí pasó casi una década, periodo en el que llegó a recibirse, hacer una maestría y ser gerente de un importante club de tenis de aquel país, gracias a lo cual logró sobrevivir.
Con la llegada de la democracia se abrieron las puertas para volver a la tierra natal y empezar a dar clases en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de San Juan, de la que llegó a ser decano. Allí, entre sus alumnos, conoció a quien se convirtió en su esposa, Miriam Chacón, con quien se casó y tuvo a sus dos hijos Julián, que estudia Historia y Camila, que empezó Letras ambos están en Córdoba.
A su actividad en la universidad y los medios se suma su producción bibliográfica, Edgardo es autor de los libros “El Cruce de Los Andes”, trabajo realizado junto al militar Claudio Monachesi; “Juan Manuel Cabot” y “El siglo XX en San Juan”, escrito junto a Juan Carlos Bataller, además de haber realizado algunas producciones audiovisuales realizadas en base a sus investigaciones.
Nota publicada en El Nuevo Diario el viernes 24 de mayo de 2013, en la edición 1577.