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Hablemos de educación

Por Juan Carlos Bataller
Hablemos de educación
Ilustración. Hablemos de educación

  ¿Qué le parece si al menos durante los cinco minutos que insume leer esta nota, analizamos qué pasa en la educación?

 

» Todos estamos de acuerdo que en los últimos años ha sido cuantiosa la inversión en edificios escolares. Pero ese no es un tema en el que  debería tener ingerencia directa el Ministerio de Educación. Más bien, es un tema del Ministerio de Obras Públicas.

 

» No han existido, al menos en San Juan, grandes conflictos con el sector docente, por lo que no se han perdido días de clase. Pero la cuestión salarial debería ser un tema del Ministerio de Hacienda.

 

» Tal vez haya disminuido el ausentismo laboral. Pero este es un tema que está en el ámbito del Ministerio de Salud Pública.

 

» La Asignación Universal obliga a la escolarización de todos los chicos, pero el control debería ser un problema del ministerio de Desarrollo Humano.

 

» En el Ministerio de Educación, en cambio, se debería hablar de Educación.

Ese es el objetivo de que sea el único ministerio de la Constitución.

 

 

Aclarado este punto vamos a otro que no es menor: la importancia estratégica de la educación.

En este punto sí, debemos ser absolutamente inflexibles: el bienestar de los argentinos del futuro va a depender de la educación que tengamos.

No nos engañemos.

Sarmiento – al que tanto mencionamos en conferencias, discursos y actos escolares-, podía educar bajo un árbol en San Francisco del Monte.

Y no hablaba ni de salarios ni de edificios. Educaba.

Se dirá: eran otros tiempos.

De acuerdo.

Pero mire que fue importante la educación y el papel de las escuelas, que gracias a eso la Argentina tuvo un solo idioma, un solo himno, una sola bandera, a pesar de recibir inmigrantes de todo el mundo.

La educación fue el principal motor de movilidad social. La escuela hizo posible que el hijo del chacarero fuera médico o ingeniero.

La educación fue la que posibilitó que caminos, ciudades, hospitales, diques, canales, industrias y muchas escuelas, ocuparan este inmenso país deshabitado que era la Argentina.

 

 

Durante largos siglos de historia humana los cambios fueron lentos.

Hoy el cambio rápido es el fenómeno normal y corriente.

Sin una buena educación, no es posible asumir la característica del mundo de hoy.

Para eso necesitamos docentes convencidos que la educación es preparación para la vida y como tal tiene una necesaria proyección de futuro.

Los escolares de hoy van a vivir como adultos en una sociedad muy diferente de esa en la que se los está formando.

Y es en este punto donde se impone una pregunta clave: ¿Cómo preparamos a chicos que van a ser protagonistas de la vida política, social y productiva, dentro de veinte años?

 

 

Tenemos que comenzar a hablar de pedagogía prospectiva, una pedagogía que vea, anticipadamente, cuáles serán estas condiciones de vida personal y social.

Una educación prospectiva no habrá de consistir únicamente en capacitar a un hombre para su adaptación a una determinada sociedad, sino también y sobre todo, en hacerle capaz de influir en la sociedad.

Hay que desarrollar su capacidad para que en cualquier momento, pueda adquirir por su cuenta los conocimientos concretos.

Sin una formación prospectiva, el futuro hombre, hoy escolar, no podrá adaptarse a los cambios y tampoco será libre.

Enseñar pensando en el futuro no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades de su producción o de su construcción.

 

 

La formación implica todas las etapas de la vida.

 

» La formación de los futuros ciudadanos pasa por temas que son y cada vez lo serán más, comunes a todas las sociedades.

 

» Lo mismo ocurre con el mercado laboral. No sólo los graduados sino también los técnicos trabajan con creciente frecuencia en otros países, y lo hacen en compañías transnacionales que funcionan entre nosotros, cuyos métodos de trabajo, de organización y de actividades tienen un carácter global.

 

» Ya no podemos hablar de objetivos básicos como enseñar a leer y escribir. Hay que plantearse la educación como un proceso integral, por lo que no pueden existir compartimientos estancos que dividan la enseñanza básica, los oficios, la educación superior o la actualización permanente.

 

 

Otra característica importante de la globalización y la consecuente velocidad con la que se mueve el conocimiento es la relativa estabilidad de las profesiones y oficios, algo que era típico de la era industrial, ligada a unos conocimientos constantes y a un entorno específico.

En cualquier ámbito que uno analice –salud, periodismo, mecánica automotriz o agencias de turismo, por mencionar algunos- hoy son absolutamente distintas las condiciones de trabajo y el personal que se requiere a lo que eran hace dos décadas. ¿Imagina cuánto cambiará en los próximos años?

 

 

Volvamos entonces al comienzo de esta nota: es importante, imperativo, imprescindible, que hablemos de la educación que necesitamos para formar –repitamos, formar más que educar en el sentido tradicional- a las generaciones futuras.

En esto seguramente pensó Sarmiento, cuando basó en la educación su gestión de gobierno.

Y también en esto pensaron los constituyentes sanjuaninos que en 1986 dieron rango constitucional al Ministerio de Educación.

 

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